viernes, 18 de mayo de 2012

Hadas en Londres - Capítulo 2


2. Las campanadas de Londres
Natalia termina de cenar y se va al salón a ver la tele.
Ella es una chica solitaria, no se relaciona mucho con los demás. Acaba de cumplir los dieciocho, y a pesar de que por fin ha conseguido sacarse el carnet de conducir, sus padres no pueden permitirse comprarle un coche y ella no tiene ahorros; por lo que desde mañana trabajará en la tienda de souvenirs de la calle principal.
En pleno invierno que está, y Natalia no tiene ni pizca de frío, es más, casi diría que tiene calor. Con las mangas de su vieja camiseta vintage remangadas, y sus botas de piel en el suelo, apartadas en un rincón de la sala, se dispone a mirar sin prestar realmente atención a un programa que echan en la televisión vieja y pequeña que tienen en su modesta casa.
Y pensar que antes eran una familia con dinero... y ahora se podía decir que eran prácticamente necesitados.
Su padre, falleció hace dos años. Él era el único que trabajaba, en una gran empresa, pero con su pérdida, el dinero también se fue de sopetón. Su madre intentó buscar un trabajo, pero lo máximo que consiguió era trabajar como ama de casa. A Natalia la quitaron de la escuela privada a la que iba, y dejaron su preciosa casa en Escocia, para irse a una modesta vivienda alquilada a un buen precio en el centro de Londres. Les surgió una buena oferta, para variar.

Son las doce de la noche. Natalia apaga la tele y se va a dormir. Está muerta de sueño. Sin ganas, se acuesta hasta que el sueño la vence y sus párpados ceden por fin.

Mientras tanto, Dione se adentra en el bosque. Los árboles rozan el cielo y son tan tupidos que parecen artificiales. Por fin divisa lo que quería.
La princesa se acerca al un inmenso árbol y con solo rozarlo con las yemas de sus dedos, las ramas brillan y las hojas que hay en el suelo revolotean a su alrededor.
Se respiran aromas exóticos y cierra los ojos con fuerza al decir: “Llévame a cualquier lugar donde haya humanos.” El tiempo corre, las horas retroceden y el sol cambia su posición.
De pronto la garganta se le queda seca y su cuerpo está helado. Abre los ojos y se queda con la boca abierta al ver lo que hay a au alrededor. Cientos de artilugios móviles con ruedas por camino negro con rayas blancas. También puede ver objetos luminosos que cuando cambian a un determinado color, los artilugios con ruedas se mueven o no. Además hay gente. Muchísima, ataviada con extraños ropajes. Nadie lleva las telas que porta ella, y no hay rastro de ningún símbolo de naturaleza más que un minúsculo recinto lleno de hierba y unos bancos alrededor. Eso le hace sentirse preocupada.
No sabe muy bien por dónde empezar así que sin pensárselo mucho, avanza a trompicones entre la nieve hacia donde le indica su instinto.
De repente, se da un susto al oír unas potentes campanadas. ¿De dónde viene el ruido? Se da la vuelta y levanta la cabeza para ver el gigantesco reloj que hay detrás de ella. “Guao”, piensa.
Continúa caminando, hipnotizada por el sonido y por los extraños sonidos de cascabeles que se oyen al rozar el reloj.
La gente que pasea se gira extrañada y miran a Dione con el ceño fruncido, suponen que lleva un disfraz, que se dirige a una representación o que incluso es el vestuario de una película que están rodando en la ciudad; pero lo que más llama la atención son esas “alas de plástico” que cuelgan brillantes tras su espalda. Las niñas se acercan a ella e intentan preguntarle que dónde se ha comprado esas alas de mentira que parecen tan reales, y lo más gracioso es cuando las tocan: tienen la textura de un dulcísimo algodón de azúcar. Suaves y definidas, Dione tiene unas de las mejores alas en Isis, sin embargo, es lo suficientemente lista como para no usarlas ante humanos.
Todavía sigue sin saber hacia dónde va. No tiene destino, ni ayuda. Ni siquiera sabe dónde está, así que por fin se acerca a una mujer bajita y delgada y le pregunta.
-         Buenos días – dice Dione.
-         Buenas... – dice la señora sin cortarse un pelo en mirarla de arriba abajo.
-         Me gustaría saber dónde estoy – le dice.
-         ¿Que dónde estás...? – se queda callada pensando que se trata de una broma, y al ver que la chica de extraños ropajes la mira con una sonrisa, le contesta -. Estamos en Londres, querida.
-         Londres – susurra la princesa. Jamás había oído hablar de tal lugar.
-         Y ahora si me permites, tengo prisa – dice la señora. Se ajusta la coleta y se va a zancadas.
Dione sigue caminando y entonces ve a una chica sola, en un banco apartado de las demás. Se compadece y piensa que está triste, va hacia ella y se sienta a su lado.
-         Hola – dice.
-         Hola... – la responde Natalia mirándola disimuladamente sus alas de algodón - ¿Puedo ayudarte en algo?
-         No... es que... bueno... sí. – Dione se da cuenta de que ya es hora de que le cuente a alguien lo que la pasa y cuál es su situación. ¿La creerá? Todo depende de la buena dosis que la hayan dado de pequeña de cuentos de hadas, porque está a punto de vivir uno... o casi.

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